Hunger's Brides
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Novel Excerpts | Sor Juana's Poetry

Saciar al sol

Conquest

Sobre este texto

(traducido por Ignacio Padilla, con Zaide Silvia Gutiérrez)

Es el año 1692, y la Inquisición a empezado a acercarse a Sor Juana... Ella, por su parte, no se puede detenerse de pensar en los últimos dias de Moctezuma.

22 de Noviembre, 1692

Carlos,

Dos cartas. Quedan dos. Las más importantes, las más difíciles, las últimas. Despues de éstas, podré pasar adelante con lo que resta por hacer.

¿Cómo pude creer que te odiaba, siquiera por un instante? Sólo ahora, mientras todo se derrumba como piel putrefacta, caigo en la cuenta de cuán profunda y acremente enfadada he estado. Y cuán injustamente. Con los años, ser injusta contigo se ha convertido para mí en una suerte de especialidad.

No pude haber amado más a un hermano -- hemos pasado casi toda la vida amando y luchando como niños. La fría mirada con la que te eché cuando viniste a decir adiós me tiene hoy enferma de remordimiento. Por supuesto, sé que no me has traicionado. La vida no es tan simple, tan simétrica.

Los amigos de mis enemigos no son mis enemigos, en la misma medida en que nuestra amistad no hace del Arzobispo un amigo mío. Por lo que sé, habías salido en mi defensa cuando te rompió el pómulo con su báculo.

Pero algo que también he aprendido recientemente, y de manera tan dolorosa, es que tampoco el ser enemigo de mis enemigos hace que alguien sea mi amigo.

Me lo advertiste. También Antonia. Lo que ha hecho el Obispo de Puebla al fingir amistad hiere más profundamente que cualquier otra cosa que haya hecho el Arzobispo. Hasta ahora.

Desde hace dos meses Antonia y yo damos vueltas, entre cajas y bultos de forma extraña, de un lado a otro como jaguares en el zoológico de Moctezuma. Cada día que tardabas en volver de tu viaje a la Florida me enfadaba un poco más -- ese tipo de caida que al principio se resiste al examen.

Quería ... insistí en que fueras tú quien viniese a recoger mis cosas en nombre del Arzobispo; que fueras tú quien echase leña al fuego de su caridad malsana con todos los regalos que me han sido otorgados. Quería preguntarte a ti, su limosnero mayor, porqué le gusta y gratifica tanto despojar a los aterrados ricos de fortunas enteras para amontonarlas sobre los aterrados pobres. Y quería saber además si podías mirarme a la cara mientras envolvías el helioscopio que me había traído tu amigo el embajador del Perú; mientras empacabas la concha nácar que tú mismo me trajiste de la Vera Cruz ...

Ahora nunca lo sabré.

Me pregunto si el Arzobispo rematará estas cosas a algún rico en busca de un memento -- venga a ver la maravillosa concha:cenicero ... no se imagina su Merced a quién perteneció ... ¿Quién se quedará con el telescopio, la flauta de plata que al fin he aprendido a tocar, la linterna mágica de Kircher, la diadema Azteca, el pisapapeles de ámbar que guarda a la mariposa más extraña del mundo. ¿A quién pertenecerán estas cosas mías? ¿Tendrá una idea de su uso, su valor, su pasado? ¿Acumularán un ostentoso polvo en alguna sobrecargada repisa de trofeos? ¿O yacerán golpeadas en el desdeñado arcón de juguetes de algún niño aún más desdeñado?

Y quizá el Arzobispo retendrá para sí una o dos curiosidades -- ¿por qué no, despues de todo? -- bajo una placa dispuesta a ostentar mi cabeza disecada -- pero oh, decencia -- no mientras yo viva al menos, no mientras yo viva.

Al fin, hoy mismo, esta cabeza mía, mullida y ornamental, ¡la gloria de la Nueva España!, entendió que si has dejado tus más preciadas posesiones conmigo, es porque no pensabas volver de ese vagar de tontos a la Florida.

Ay, las no tan dulces ironías de nuestras dulces vidas. La siempre coleccionista, terminé por formar parte de la colección de alguien más. Y entonces, desesperada por consequir que tú dispersaras mis cosas, terminé quedándome con las tuyas. Y tú, casi un mendigo, terminaste por convertirte en el limosnero del Arzobispo, recolectando en un día varias veces los costes de publicación de todas las obras que nunca tendrás cómo ni dónde imprimir. Mientras tanto, yo hago un voto de pobreza y veo mi celda llena hasta la asfixia de libros raros y tesoros ajenos.

Bastaría una palabra mía con la Condesa de Paredes para que al menos tu obra fuese publicada, pero ni siquiera me dejas susurrar esa palabra, mientras que cada torpe palabra mía que ella imprime me aproxima más al desastre.

La riqueza fluye hacia mí con suavidad aunque yo la desprecie, mientras que la libertad me da la espalda aunque la persiga aprehensivamente. Elijo pasar mi vida evadiendo -- ¡desde un convento! -- los brazos abiertos de los jesuitas, mientras que tú gastas la tuya pugnando por regresar a ellos incluso mientras ellos te vuelven la espalda y se cruzan de brazos.

¿Quién de nosotros morirá primero?

¿Qué te ha hecho pensar que serías tú? ¿Por qué tu cintura se ensancha y tu pelo adelgaza mientras que mi rostro continúa liso? Nadie murió nunca de arrugas .. ni de calvicie, viejo amigo.

Ambos hipocondriacos: una vive entre quinientas mujeres, cincuenta de las cuales tienen cualquier día una enfermedad contagiosa; el otro -- célibe y en extremo quisquilloso -- se hace nombrar capellán del único hospicio de la ciudad de México lo bastante caritativo ... como para limpiar las llagas que produce una enfermedad venerea o para atacar las bubas de la plaga.

Todo lo que tanto tú como yo deseábamos era sentarnos frente al ardiente hogar con un libro abierto en el regazo sin nadie que nos molestase. En cambio te nombran Cartógrafo Real y, hacia el final de toda una vida detestando a los españoles, te envían a arriesgar lo que resta de ella, en el nombre de España, para trazar la cartografía de un territorio que con toda seguridad caerá pronto frente a los piratas ingleses. ¿Es ésta tu pequeña broma a la historia? ¿La futilidad de tu último gesto?

Y de mi destino ... ¿que especie de broma harán del mío? El mio ha sido ganado, ¿pero qué has hecho tú para merecer el tuyo? Luis XIV ha hecho todo excepto suplicarte que vayas a Francia, que dediques tus días a ser el Cosmógrafo Real. En Francia serías apreciado e irías a Europa bajo tus propios términos, no como un español de medio pelo proveniente de las colonias, sino como un mexicano ilustre.

¿La Florida o la Francia? Demasiado orgulloso para rechazar el encargo que podría acabar con tu vida; demasiado sentimental para aceptar aquél que podría haberla salvado. No puedes dejar la América, ese nuevo paraíso tuyo, ¿verdad? Eterno pretendiente fiel y generoso, compartes todo cuanto has aprendido de élla con cada estudiante que pasa -- una vida de descubrimientos reducida a pies de página en los libros de escritores menores.

¿Quién morirá el primero?

Piensas que eres tú, tal vez tengas razón. Mira cómo me elude la muerte porque la deseo -- ya que incluso la muerte, cuando aumenta la demanda, aumenta su precio. Pero quizás el remate del Arzobispo pueda recolectar buena parte del rescate, si no es que todo... no, no todo. Saben que todavía me queda algo por vender.

¿Quién se irá el primero, viejo amigo? O quizá te has ido ya, misión cumplida, dejándome con la mía. Ahora sólo queda una forma de salvar tus pliegos de la hoguera, y es separándolos de los míos. Por estos, nuestros manuscritos, se han arriesgado, perdido y desperdiciado vidas. ¡Qué orgullosa me sentí al saber que habías enfrentado una lucha sangrienta y un fuego rugiente, y todo por salvar del olvido esa copia de las escrituras de tierra de Juan Ixtlilxochitl!

Sé que habrías arriesgado tu vida para salvar a Manuel Cuadros de las llamas el año pasado. Tu amigo el Arzobispo vio prender la pira; mi amigo el padre Núñez, vio apagarla al cuerpo de Manuel. ¿Te culpo? Ni más ni menos de lo que me culpo a mí misma. Nos quedan algunos senderos entre los cuales elegir; y hay algunos senderos que nos eligen a nosotros.

Antonia, indignada, pregunta: "¿Pero cómo osa Don Carlos dejarle un manuscrito prohibido por la Inquisición? Él debía saber mejor que nadie tus problemas con el Arzobispo. ¿Cómo pudo, sabiendo que el Padre Núñez es el jefe de censores de la Inquisición?"

La pobre Antonia no está en condiciones para ver en qué medida estas ironías nos van, como si fuesen nuestras propias sombras. Que tenga yo ahora la única copia restante del relato de los últimos y embrujados días de Moctezuma mientras se aproxima mi propio conquistador...

Ya ves, Carlos, he pedido al Padre Núñez que vuelva a ser mi confesor. No espero que me comprendas. ¿Explicar? Ni siquiera lo intentaré.

Así que, después de todo, ¿cómo puedo hallar culpa en ti por dejar todo esto conmigo? He decidido enviarlo todo -- tus apuntes, tus manuscritos -- a Maria Luisa, en España. Es poco probable que los censores de la Inquisición abran un paquete destinado a la Condesa de Paredes ... La Condesa de Paredes, otra pequeña ironía: pienso en ella y pienso en los muros que se estrechan en torno mío.

Vuelvo a copiar con cuidado estas tus cartas de la Vera Cruz, investidas de tanta ternura, y me sonrojo avergonzada de cuán poco te devolví en las mías.

Pero los últimos adioses son una última oportunidad de dejar las cosas claras.

Mamá murió hace algunas semanas -- parece que he perdido control de mi calendario ... lo siento, Carlos. Sé que eran amigos, mejores amigos de lo que jamás quise que fueran. Es sólo que de un tiempo a la fecha estos días repletos de sueños se desangran irremediablemente sobre la blancura de mis noches de insomnio.

Ahora, yo me he vuelto insomne y tú, podría apostarlo, duermes profundo.

¡Critiqué tanto tu proyecto! ¿Por qué invertir tu vida, arriesgar tu carrera en una búsqueda, una ruta tan poco prometadora? ¿Encontrar virtudes políticas en la tiranía de los aztecas? Te advertí que tu carrera se tornaría en la de un hazmerreir presumiendo a Quetzalcóatl como el gemelo de Cristo -- Santo Tomas -- ¡el incrédulo Tomas!, el más escéptico de todos los santos. Cristo en verdad tenía un hermano, Carlos, pero ese hermano se llamaba Satanael ...

Pero no te inquietaban las consecuencias, y no querías creer en mi indiferencia. '¿Cómo podía yo ser indiferente?,' te preguntabas. Estas fueron las historias de mi propia infancia.

Sabías que mi madre apenas fue a la escuela y apenas sabía leer, al menos esto te lo dije. Ella misma te dijo mas, lo se; ¿pero alguna vez te contó que a la escuela su propia madre no la dejaba ir? ¿Y te contó mi madre que mi querida nodriza podía al menos leer los libros pintados de su propia gente? ¿Te dijo qué se sentía mirarme -- impelida por estas ansias -- alejarme de ella?: primero hacia una nodriza india, luego a la biblioteca de mi abuelo. ¿Qué sintió al verse abandonada, primero por mi padre, luego por mí?

¿Y tienes alguna idea de qué sentía yo al verte tomar posesión, una a una, de aquellas historias, cuando yo las dejaba escurrir entre remordimientos? Mi único sacrificio a ella.

A ti ni siquiera te gustan los indios, me decía, por lo menos no vistos de cerca. Nunca has tenido a una india por nodriza, por amiga, por maestra. Nunca has amado a un indio, me decía, aunque ahora sé cuanto llegaste a querer a Juan de Alva.

Mamá se esforzó tanto por instruirme; sabía tantas cosas pero yo no deseaba escucharla, quería leer. Libros, siempre libros, sólo libros ... Nunca la conocí, Carlos. Toda mi vida, cada día la he rechazado de una manera mesquina e irrasonable. Era como una montaña que yo nunca podía mover, siempre tenía que rodearla o pasarle por encima.

Y tú lo sabías, viejo amigo. No estabas sordo, escuchabas, podías escuchar, sin reparos. Parece ser que la medida de nuestros amigos más cercanos parte de su empeño para voltear a nuestros padres en contra nuestra. Intentaste decírmelo, ¿con cuánta frecuencia? Si te dijera cuántos volúmenes llenarían las cosas que me han dicho sin que yo las escuchara...

Sabías el precio que yo pagaría algún día.

Hoy, Carlos, hoy.

Me dijiste que América me adoraría, me advertiste de la violencia de los mitos encarnados, pero ¿qué advertencia quedaba por seguir, como no fuera la de dejar de escribir por completo -- ¡de ninguna manera!, dije.

Aunque sin esta maldita pluma no habría llegado la fama, y en la oscuridad podría haber leído cualquier cosa, podría haber dicho cualquier cosa que me viniese en gana sin tener que soportar montones de infamias redoradas, burlas de la ironía de mi propio eco, mundialmente célebre.

Así que ¡miren hoy a la reina de la sabiduría americana! Esten atentos mientras discurre la Décima Musa, mientras susurra el sinuoso oráculo -- pero ¡ay! que nuestro adorado Fénix tiene cenizas en la boca, en su pico desdentado.

Todos estos años, noche tras noche, creía que la bestia negra que devoraba mis sueños, mi corazón, era un monstruo de pasiones ... ¿pero acaso no es la misma bestia que ahora arrasa tu Nuevo Paraíso? Tu inglés, Bacon, quiere que la ciencia sea la Inquisición de la naturaleza, desmembrándola en el potro de sus investigaciones. Dice que sólo atormentándola podremos extraerle una auténtica confesión; sólo al filo de la muerte podremos creer que dice la verdad.

Boca llena de cenizas, cabeza llena de sueños enegrecidos -- me ufanaba de que mi cobardía era política pero todo el tiempo supiste que no era lo que parecía. Sabías cuán peligrosas eran para mi sus historias, siempre supiste -- los aztecas, los más rigurosos e inclementes, mirando directamente al sol sin parpadear ... gente devorando a sus ídolos ... gente tragada por el sol.

Áspera, la invitación. ¿Quién dará de comer al sol? Todas las pequeñas y peligrosas historias de amor que nos contamos sobre Dios. Nosotros los desamorados, nosotros los infieles ... cincuenta y dos, cientocuatro, trescientos doce ... la ritmada violencia de las cifras, crecientes infracciones. Las métricas zancadas de los dioses, los años peligrosos -- los peldaños sueltos en la escalera del tiempo -- los pequeños prismas del tiempo, míralos centellear.

Se acerca el conquistador -- mirad las huellas en la roca. Tras cada paso lento se levanta un polvo de sueños. El emperador de los sueños aguarda despierto su destino. Intenta huir, ocultarse en una cueva, mas la tierra no lo acogerá. Regresa avergonzado.

Consulta rabiosamente a los augures, los oráculos, los antiguos textos -- los que no han sido incendiados por su propio padre. A través de días infestados de sueños y de noches insomnes, prodigios, portentos, malos presagios vagan como humo por la capital. Todos los que sueñan con el fin del mundo, todos deben ir antes que él. La capital está preparada para pagar, un tributo de sueños, así es como algún día lo llamarán. Tantos sueños ... Moctezuma los reúne, immerso en un solo y vasto soñar.

Cuéntame tu historia.

"Vi un extraño pájaro con alas como cenizas. Su cabeza era un espejo. Vi dentro de él y contemplé el cielo lleno de estrellas al mediodía. Miré otra vez por sobre un llano repleto de hombres armados que cabalgaban hacia adelante a lomo de ciervo ..."

Cuéntame tu historia.

"Anoche vi una estrella humeante que goteaba fuego, como una oreja de maíz sangrando. El cielo nocturno estaba lleno de sangre y humo ..."

Cuéntame tu historia.

"El templo de la gran pirámide estalló en llamas. Los rayos lo fulminaban desde un cielo azul claro. Ahora incluso está ardiendo. Seguimos echando agua, grandes cantidades de agua, no podemos apagarlo..."

Cuéntame tu historia.

"Todos los que estaban allí anoche, en el recinto nuestro, la oyeron otra vez, llorando por sus niños perdidos. Llorando por la ciudad..."

Cuéntame tu historia.

"Vi en el lago una tromba, tan alta como una montaña, y por ella a los dioses descendiendo..."

Cuéntame tu historia.

"Anoche los caminos se llenaron de duendes bicéfalos y jorobados que preguntaban por el rey..."

Cuéntame tus sueños -- ¿Quién dara de comer al sol?

El destino acerca a aquel que conoce las historias. Las historias que él mismo se sabe condenado a repetir, las historias que también son profecías.

Cuéntame tus sueños.

Las prisiones están llenas de augures. Pero todos aquellos lo bastante valientes para contar sus sueños han sido enviados a la muerte, por el emperador del ensueño. El torrente de sueños que desbordaba de soñadores las prisiones, ahora está seco, y lo más terrible para él, más que todos los sueños, es el momento en que los sueños cesan...

"¿Este Cristo vuestro," preguntará pronto un día al azorado capellán, "murió para salvar a su padre? ¿Dio su corazón para saciar al sol?"

La Malinche sonríe y sacude la cabeza.

Cuéntame tu historia. Cuéntame tu historia del fin.

Soñadores aniquilados, augures inmovilizados, videntes enceguecidos, profetas encarcelados, amordazados, silentes ... despacio cae el silencio.

Tambores batientes, flautas silbantes ... los últimos sonidos del mundo exterior en llegar a sus oídos. Pronto, incluso los sueños del emperador, el último soñador del mundo entero, también callaron.

Lo bastante pronto, pronto, con gran alivio, elige la muerte del guerrero. Muerte a manos de sus captores. La nobleza de sus captores salvaguardará la nobleza de su muerte.

¿Quién saciará al sol?, pregunta el cautivo, mas ninguna respuesta llega.

Biographical notes

Ignacio Padilla, one of Mexico's most gifted new writers, received the following awards in 1994 alone: Juan Rulfo national prize (best first novel); Juan de la Cabada prize (best children's story); Efrén Hernández short story prize; Malcolm Lowry essay prize; Kalpa science fiction prize.

Zaide Silvia Gutiérrez has won seven national and international awards for roles in more than 15 films, 10 plays and a dozen television projects. She is perhaps best known in English-speaking North America for her leading role in El Norte, screened at the Cannes Film Festival and nominated for an Oscar as Best Foreign Film of 1984.

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